A principios de los 2000 —y lo digo desde la total falta de información que tenía entonces— el tatuaje empezó, para algunos, a dejar de ser un gesto de la adolescencia para convertirse en una forma de contar quién eras… o quién querías ser. Era un tiempo sin Instagram, sin tutoriales de YouTube ni reseñas en línea que aconsejaran dónde tatuarse o cómo cuidar la piel después.
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Los motivos eran tan variados como las personas. Algunos se grababan símbolos tribales sin tener —ni por asomo— idea de su significado; otros tatuaban el nombre de un amor que con el tiempo se volvió un recuerdo incómodo. Más de uno terminó cubriéndolo con caracteres chinos sobre aquel nombre que ya no representaba nada… sin hablar una sola palabra de ese idioma. Era un mundo de decisiones impulsivas y pocas herramientas para corregirlas.
Mientras tanto, la industria fue cambiando. Lo que antes era casi improvisado —con agujas dudosas y tintas poco confiables— empezó a verse más profesional. Aparecieron estudios con normas de higiene, mejores pigmentos, técnicas menos agresivas. Yo miraba todo aquello con la distancia de quien piensa: esto es cosa de jóvenes y de no tan jóvenes … per a mi no me toca.
Hasta que un día, entró a casa —no recuerdo si primero fue mi hija o mi hijo— con un tatuaje hecho sin haberlo comentado antes. Para mí, criado con otras reglas, fue un sacudón. Mis conceptos venían de otra época y, claramente, no estaban “a la onda”. Me debatí entre preguntar de dónde habían sacado la idea ( loca) o quedarme callado para no parecer el padre desactualizado. Confieso que algo de “ ambas cosas “ hice… con el poco éxito que suele tener un padre frente a hijos, seguros de su decisión.
Con el tiempo y los años adquiridos, uno deja de pelear cada cambio. Se afloja la urgencia de opinar y aparece otra prioridad: estar cerca, dejar que crezcan sin imponer, acompañar desde un costado, actuando más como cómplice silencioso que como juez severo.
(Confieso que a veces uno hace de “padre moderno” por fuera y de “padre preocupado” por dentro… pero la vida enseña que vale más escuchar que dictar sentencia).
Todos pasamos por esa edad en la que queremos marcar diferencia. Yo ni recuerdo con claridad cuál fue mi propia rebeldía adolescente —seguro la tuve, aunque hoy se diluye entre otras memorias— y cuando digo rebeldía no hablo de algo malo, sino de ese camino inevitable de crecer y buscar identidad.
Meses atrás, nuestra nieta menor nos pidió —con la complicidad planificada de su hermana mayor— que con mi mano izquierda formara medio corazón y que mi esposa completara la otra mitad con la suya. Nos pidió que le mandáramos la foto por WhatsApp. Pensamos que era un simple trabajo escolar… incluso bromeé sobre si no querían que la imprimiera para la clase.
Días atrás vinieron a visitarnos para festejar mi cumpleaños —vivimos en países distintos, así que cada encuentro vale oro—. En medio de la celebración, la nieta mayor tomó la palabra, con la menor pegada a su costado, con esa cara que decía “yo también participé en esto”. Sonreían las dos con una mezcla de picardía y emoción.
—¿Se acuerdan de la foto que les pedimos del corazón? —preguntó la mayor.
Yo, ingenuo, respondí que sí, convencido de que todo aquello había terminado en un proyecto de clase.
—Bueno… no era para un trabajo —dijo, mientras la más chica asentía orgullosa.
Entonces, con calma, se remangó y nos mostró su brazo. Allí estaba tatuado el corazón que formamos aquella tarde. Nuestro corazón.
El instante se llenó de silencio. Ojos humedecidos. Algo que ninguna palabra alcanza: un amor que se hace marca, un recuerdo que se vuelve piel. No fue orgullo; fue algo mucho más profundo.
En mi cabeza se cruzaron imágenes como relámpagos: los viernes en que se quedaban con nosotros viendo películas familiares, las carreras en la playa, sus primeros pasos, los patines y primeras andanzas en bicicleta, risas, caídas y abrazos. Todo lo compartido comprimida en esa foto que alguna vez enviamos sin pensar demasiado y que ahora, en su piel, contenía todo eso.
Aunque cambien las modas y cada generación encuentre su forma de expresarse, hay gestos de amor que se quedan para siempre en aquellos por quienes dimos lo mejor.
Gracias por regalarnos este recuerdo que ahora también nos tatuó el alma.
De Tata y Titi ….. para Vale y Martu